Reconstrucción de la primera vivienda social: Población Obrera de la Unión del Cerro Cordillera de Valparaíso

 

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Parece que el mundo
capitalista es unidimensional, pero no es así.
Nunca hay un aplastamiento total de las alternativas.
Siempre existe otra dimensión, una dimensión de
resistencia, de otredad; el mundo del comunismo
que existe en las grietas, en las sombras, un mundo
subterráneo.

John Holloway

 

La noción de “espacio público” se ha generalizado por la importancia de los discursos en torno a la administración de la ciudad y cómo la ciudadanía se hace (una) parte en ella. Esto pensado desde los principios igualitarios relacionados con regímenes democráticos europeos. Sin embargo, no sólo hay pensar cómo la ciudadanía se hace parte en la ciudad dejando de lado lo que piensa y siente la misma ciudadanía respecto al “espacio público”; se trata de la amenaza o inseguridad percibida en las grandes ciudades. El temor es relevante por ser un factor que promueve la pérdida de “[…] la solidaridad, el interés y el respeto en los otros” (Segovia: 2007, 17); y entonces que impediría un trabajo de apoyo mutuo en la mejora del espacio compartido. La tarea primera para mejorar el espacio común, será sanar la impresión o marca que los grupos humanos manifiestan en la perturbación al pensar el riesgo que viven o que imaginan podrían vivir en el lugar que habitan. Partir por esa sanación permitirá un camino emancipador. Sumado a las nociones de espacio público que hemos descrito someramente, a saber, la ligazón entre “ciudadanía y democracia” y el de “ciudadanía y temor”, aquí en Latinoamérica se precisa nombrar otro importante a considerar.

“Los grandes espacios abiertos que permitían el encuentro de los colectivos urbanos para desarrollar múltiples actividades, parecen haber cedido parte de su rol como principal escenario de los encuentros humanos a los espacios residenciales [empresas inmobiliarias] y en otros casos a nuevos espacios cerrados que facilitan encuentros sociales [centros comerciales o atracciones turísticas] donde el acceso es restringido por distintos criterios.”(Vega: 2006, 3) 

Como se ve, en Latinoamérica tenemos que agregar a las otras dos nociones de espacio público, también el factor de “mercado y ciudadanía” para entender cómo se piensa la organización de la ciudad. Y para emprender un trabajo colectivo que contrarreste ese tipo de organización es importante suspender aquella “división” de los roles entre ciudadanos/as y los gobiernos. Para esto revisaremos el concepto “división de lo sensible” de Jacques Rancière.

“Denomino como división de lo sensible ese sistema de evidencias sensibles que pone al descubierto al mismo tiempo la existencia de un común y las delimitaciones que definen sus lugares y partes respectivas. Por lo tan­to, una división de lo sensible fija al mismo tiempo un común repartido y unas partes exclusivas. Este reparto de partes y lugares se basa en una división de los espacios, los tiempos y las formas de actividad que deter­mina la manera misma en que un común se presta a participación y unos y otros participan en esa división” (Rancière: 2013, 2)

 Esta repartición habitual de lo sensible puede suspenderse y destrozar el modo vigente de relacionarse entre los individuos, dando espacio a “otras” maneras de conectarse unos con otros. Estas nuevas subjetividades políticas, entonces, darán ocasión a una nueva diversidad en los modos de sentir; “[…] un régimen específico de identificación y pensamiento de las artes: un modo de articulación entre maneras de hacer, las formas de visibilidad de esas maneras de hacer y los modos de pensabilidad de sus relaciones […]” (Rancière: 2013, 2). Como se ve, esta definición de estética en Rancière es entendida como una subjetividad política alejada de cierta relación que se ha establecido entre arte y política. Para reflexionar en torno a la reconstrucción de la población obrera, esta reconstrucción de nuevas subjetividades, seguiremos el hilo de esta idea.

En el caso del espacio colectivo de la población, se entenderá esta división como un sobrevuelo de los lugares habituales de las discursividades en torno a la democracia, el temor y el mercado, permitiendo “re-mover” el sentido común. Aquí se aprecia bastante bien cómo lo político, en relación al espacio colectivo…

 “[…] muestra quién puede tomar parte en lo común en función de lo que hace, del tiempo y del espacio en los que se ejerce dicha actividad. Así pues, tener tal o cual “ocupación” define las competencias o incom­petencias con respecto a lo común. Esto define el hecho de ser o no visible en un espacio común, estar dota­do de una palabra común, etcétera. Hay, por tanto, en la base de la política, una “estética” que no tiene nada que ver con esta ‘estetización de la política.’” (Rancière: 2013)

 La estética o visibilización de un proceso emancipatorio en el espacio público, ese sustento de la política que es la estética como lo reflexiona Rancière, se propone aquí en relación con el concepto de “arte de público”[1]en Arthur Danto, para describir este proceso de la reconstrucción de la población en el espacio público entendido como espacio colectivo organizado. La importancia de pensar un “arte de público” en consonancia con la libertad-igualdad[2] ciudadana abrirá una aventura intelectual que nos permitirá repensar esos espacios de tiempo donde las colectividades renegocian las manera de reajustar sus propios tiempos a los ritmos de la dominación; donde hombres y mujeres pueden reorganizar sus tiempos, sus espacios y sus quehaceres habituales para elevar un discurso y una práctica que visibilice esa irrupción en la experiencia.

 

Arte público y Arte de público

Arte público es una estrategia arquitectónica sin paredes en beneficio del público, pero sin él. Es decir, sin que él necesariamente participe en la elección o producción de la obra de arte. No hay que olvidar que los museos son también instituciones con un tiempo y un espacio hegemónico, donde se presenta “[…] la verdad a través de la belleza […]” (Danto: 2008) y, entonces también a la calle van a parar estas verdades de la mano de curadores, críticos de arte, etc. quienes tienen la tarea de “explicarla”[3]. “Arte de público”, en cambio, sería aquel en que el público participa en la decisión del arte con el que va a convivir en la calle; “[…] participar en las decisiones que afectarán estéticamente su vida” (Danto: 2008) así como también aquel donde el público mismo se transforme en artista. Danto y Rancière van a concordar en que el arte, entendido sin esa vieja división de lo sensible o relatos legitimadores establecidos por “expertos”, va a ser todas esas producciones estéticas entendidas como soportes de sentido que inspiraron grandes obras arquitectónicas, escultóricas, pictóricas, muralísticas, etc. y desde donde podemos inferir que el arte –o las producciones estéticas- ha sido concebido como una fuente de conocimiento y de goce.  

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Desde los años ’70 esta edificación estuvo al linde de ser destruida: “[…] los intentos de desalojo y remate del inmueble ya eran habituales; luego vinieron los cortes de servicios básicos, la venta de droga y la estigmatización del edificio como un nido de delincuentes […]” (Amarales: 2008). Se ocasionó un deterioro espiritual de este espacio colectivo. Pero en 1989 se instala en el Cerro Cordillera el TAC, Taller de Acción Colectiva, el cual se esmeró en trabajar la integración de las redes sociales y a desarrollar y fomentar la solidaridad y la autogestión en niños, niñas y jóvenes. El trabajo de este taller se debe entender en la línea de una transformación en libertad, pues saber acerca de la inmanente capacidad comprensora de hombres y mujeres[4], desecha la idea de “explicar”, y entonces, fomenta y explota la aventura intelectual de niñas y niños y jóvenes que ansiaban una misma cosa, y donde cada uno podía y debía dirigirse hacia ésta haciendo las cosas por sí mismos, asociadamente, participativamente, deliberada y de manera planificada…

 “[…] tomando decisiones en grupo, en asamblea, cara a cara, dialogando, deliberando, todos a vez. Viejos, maduros, jóvenes y cabros chicos. Ordenadamente. Sin organización rígida. Incluso sin estatutos. Basados en la confianza que surge cuando operamos con sentido de igualdad fraternal y participación abierta, en el consenso de nuestras decisiones, y sobre todo, en la cultura sinérgica y soberana que crece entre nosotros a calor de todas esas prácticas” (Salazar: 2011).  

 Estos modos de ser de hombres y mujeres que crean producciones de saber, antes que ser maneras reivindicativas o de respuesta al mercado, son primero una necesidad que se visibiliza irrumpiendo en lo sensible; es el ímpetu de un tejido inédito en el que los individuos se “dan el tiempo” y se “dan al tiempo” como hombres y mujeres libres, aconteciendo allí, desde la verificación de su igualdad y de sus inteligencias -diría Rancière- lo político y lo estético propiamente tal.

En el intervalo del tiempo oficial hay una población con varios problemas de higiene y organización. Viven en una edificación que data de fines del siglo diecinueve y es un edificio de un bloque de tres pisos con un espacio interior que funciona como patio. Viven más de 130 personas. Los problemas iban desde desagües tapados que había que destapar, falta de agua por una deuda millonaria con la empresa Esval – empresa de obras sanitarias de Valparaíso-, hasta miedo, desorganización y venta de drogas. Hubo pérdida de platas una vez que juntaron cerca de dos millones de pesos parar reponer el servicio de agua, y toda la población desconfiaba de todos. En esas circunstancias asumen la directiva “unos cabros”; Pedro Flores, Yasna Amarales y Mauricio Arévalo. Ellos comenzaron el trabajo de mejorar las condiciones de vida de la población, pues “no olvidan que están insertos en un colectivo social […]” (Tricot: 2003), por esto trabajan con distintas organizaciones del cerro Cordillera, como el Taller de Acción Comunitaria y la parroquia, entre otras. De esta manera se van tejiendo pequeñas redes en el cerro Cordillera cuya clave es la organización. “A nivel de cerro, el solo hecho de juntarse y hacer cosas te permite ir avanzando”, agrega Janyo [Mauricio Arévalo]. “Estás haciendo una contribución a tu ciudad y a tu país, lo que salga de aquí va a ser un ejemplo para el resto” (Tricot: 2003).

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Podemos ir intuyendo que no hay necesidad de establecer o de continuar aquella división de lo sensible que establecen abismos entre estética y política, donde cada una hace uso de su espacio y su tiempo. No. Con el trabajo de reconstrucción alegamos una nueva confluencia. Todo puede concurrir de manera libre; la organización de la comunidad en espacios de fiesta (peñas, ferias, etc.), en espacios religiosos (la parroquia) y espacios estéticos (la pintada de los techos como si fueran murales), cada uno siendo un espacio-tiempo capaz de resignificar los espacios y las temporalidades de los individuos, que en los momentos de ocio, celebran, comen, beben y trabajan en la organizan de la mejora de su calidad de vida en todos los ámbitos de la sensibilidad humana.

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El proyecto demostró que se puede salvar de la demolición a un edificio en tan malas condiciones y con ello, rehabilitar la vida de la comunidad y su relación con el entorno urbano –dice Raúl Araya, quien pone énfasis en el rescate de la ciudad viva. Hoy, los habitantes de la Población Obrera de la Unión no solamente viven digna y cómodamente,  sino que también son propietarios  de viviendas con un valor plusválico mayor al que alguna vez pudieron soñar.[5]

También el proyectó demostró que no existe tal alienación del sistema capitalista, esa hipótesis catastrofista que ha elevado el marxismo clásico. Es posible, bajo la lógica de la resistencia, el empoderamiento del colectivo que produce maneras de vivir de acuerdo al propio tiempo y espacio, de acuerdo a ese intervalo al que el mercado no llega; de acuerdo a la autonomía.

El mural en el techo de la población (2011) es una producción inédita si pensamos en cómo se puede ver y quiénes la pueden apreciar. Como primer paso para una interpretación podemos decir que esta obra hecha por el pueblo emancipado (La Población Obrera de la Unión) no está hecha estrictamente para ellos (como sí lo hace el arte público que quiere llevar el museo a los espacios cotidianos con el fin de que el “pueblo ignorante y sin tiempo” que no asiste a estos espacios, pueda ver arte). No. Esta obra se alza como una producción inédita hecha por el pueblo (auto) liberado que hace visible su emancipación irrumpiendo, política y estéticamente, en el espacio entre “los que vuelan” los cielos de Valparaíso y los que miran la población desde los cerros del puerto. Esta obra se alza, entonces, como la visibilización de un proceso emancipatorio que “raya la cancha” al reparto habitual de los cuerpos, los quehaceres y los pensamientos vigentes.

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Notas:

[1] Si bien Danto no define “Arte de público” porque crea que existe o deba existir en alguna parte del mundo, nos parece importante destacar los factores que debe tener un tipo de arte en su ideación y posterior producción para poder definirlo como tal y así poder contrastarlo con lo que se entiende por “arte público”. Sólo en ese sentido, pienso, podremos ir avanzando en la reflexión de un arte en el espacio colectivo.

[2] La igualdad es definida por Rancière como un juego de prácticas que se mueven, desde el inicio, en el reconocimiento de que “somos iguales”, y entonces el motor del juego es la constante verificación de dicho reconocimiento que se presupone. 

[3] “La explicación se presenta como el medio para reducir la situación de desigualdad en la que se hallan los que ignoran en relación a los que saben. Explicar es suponer que hay, en el tema que se enseña, una opacidad específica que resiste a los modos de interpretación y de imitación mediante los cuales el niño aprendió a traducir los signos que recibe del mundo y de los seres hablantes que lo rodean. Esa es la desigualdad específica que la razón pedagógica ordinaria pone en escena” en: “Entrevista a Jacques Rancière: El maestro Ignorante” en Corradini, Luisa, suplemente cultural Adncultura. Disponible en línea en http://clionauta.wordpress.com/2008/05/30/entrevista-a-jacques-ranciere-el-maestro-ignorante/

[4] Las nociones que sostenemos en torno al arte y la política son propicias para pensar un arte popular, un arte callejero, que se construye por sujetos no necesariamente pertenecientes a los círculos académicos, museales o comerciales del arte, y que más bien, responden estas construcciones, a la necesidad inherente del hombre y de la mujer de producir una manera de ser y estar en el mundo.

[5] Entrevista a Raúl Araya, uno de los arquitectos a cargo del Proyecto de rehabilitación de la Población Obrera de la Unión. Disponible en línea en

http://www.ciudaddevalparaiso.cl/inicio/grandes_obras_detalle.php?id_hito=56

La reconstrucción de la primera vivienda social en Chile: Población Obrera de la Unión del Cerro Cordillera

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Parece que el mundo

capitalista es unidimensional, pero no es así.

Nunca hay un aplastamiento total de las alternativas.

Siempre existe otra dimensión, una dimensión de

resistencia, de otredad; el mundo del comunismo

que existe en las grietas, en las sombras, un mundo

subterráneo.

John Holloway

 

La noción de “espacio público” se ha generalizado por la importancia de los discursos en torno a la administración de la ciudad y cómo la ciudadanía se hace (una) parte en ella. Esto pensado desde los principios igualitarios relacionados con regímenes democráticos europeos. Sin embargo, no sólo hay pensar cómo la ciudadanía se hace parte en la ciudad dejando de lado lo que piensa y siente la misma ciudadanía respecto al “espacio público”; se trata de la amenaza o inseguridad percibida en las grandes ciudades. El temor es relevante por ser un factor que promueve la pérdida de “[…] la solidaridad, el interés y el respeto en los otros” (Segovia: 2007, 17); y entonces que impediría un trabajo de apoyo mutuo en la mejora del espacio compartido. La tarea primera para mejorar el espacio común, será sanar la impresión o marca que los grupos humanos manifiestan en la perturbación al pensar el riesgo que viven o que imaginan podrían vivir en el lugar que habitan. Partir por esa sanación permitirá un camino emancipador. Sumado a las nociones de espacio público que hemos descrito someramente, a saber, la ligazón entre “ciudadanía y democracia” y el de “ciudadanía y temor”, aquí en Latinoamérica se precisa nombrar otro importante a considerar. 

“Los grandes espacios abiertos que permitían el encuentro de los colectivos urbanos para desarrollar múltiples actividades, parecen haber cedido parte de su rol como principal escenario de los encuentros humanos a los espacios residenciales [empresas inmobiliarias] y en otros casos a nuevos espacios cerrados que facilitan encuentros sociales [centros comerciales o atracciones turísticas] donde el acceso es restringido por distintos criterios.”(Vega: 2006, 3) 

Como se ve, en Latinoamérica tenemos que agregar a las otras dos nociones de espacio público, también el factor de “mercado y ciudadanía” para entender cómo se piensa la organización de la ciudad. Y para emprender un trabajo colectivo que contrarreste ese tipo de organización es importante suspender aquella “división” de los roles entre ciudadanos/as y los gobiernos. Para esto revisaremos el concepto “división de lo sensible” de Jacques Rancière. 

“Denomino como división de lo sensible ese sistema de evidencias sensibles que pone al descubierto al mismo tiempo la existencia de un común y las delimitaciones que definen sus lugares y partes respectivas. Por lo tan­to, una división de lo sensible fija al mismo tiempo un común repartido y unas partes exclusivas. Este reparto de partes y lugares se basa en una división de los espacios, los tiempos y las formas de actividad que deter­mina la manera misma en que un común se presta a participación y unos y otros participan en esa división” (Rancière: 2013, 2) 

Esta repartición habitual de lo sensible puede suspenderse y destrozar el modo vigente de relacionarse entre los individuos, dando espacio a “otras” maneras de conectarse unos con otros. Estas nuevas subjetividades políticas, entonces, darán ocasión a una nueva diversidad en los modos de sentir; “[…] un régimen específico de identificación y pensamiento de las artes: un modo de articulación entre maneras de hacer, las formas de visibilidad de esas maneras de hacer y los modos de pensabilidad de sus relaciones […]” (Rancière: 2013, 2). Como se ve, esta definición de estética en Rancière es entendida como una subjetividad política alejada de cierta relación que se ha establecido entre arte y política. Para reflexionar en torno a la reconstrucción de la población obrera, esta reconstrucción de nuevas subjetividades, seguiremos el hilo de esta idea.

En el caso del espacio colectivo de la población, se entenderá esta división como un sobrevuelo de los lugares habituales de las discursividades en torno a la democracia, el temor y el mercado, permitiendo “re-mover” el sentido común. Aquí se aprecia bastante bien cómo lo político, en relación al espacio colectivo… 

“[…] muestra quién puede tomar parte en lo común en función de lo que hace, del tiempo y del espacio en los que se ejerce dicha actividad. Así pues, tener tal o cual “ocupación” define las competencias o incom­petencias con respecto a lo común. Esto define el hecho de ser o no visible en un espacio común, estar dota­do de una palabra común, etcétera. Hay, por tanto, en la base de la política, una “estética” que no tiene nada que ver con esta ‘estetización de la política.’” (Rancière: 2013) 

La estética o visibilización de un proceso emancipatorio en el espacio público, ese sustento de la política que es la estética como lo reflexiona Rancière, se propone aquí en relación con el concepto de “arte de público”[1]en Arthur Danto, para describir este proceso de la reconstrucción de la población en el espacio público entendido como espacio colectivo organizado. La importancia de pensar un “arte de público” en consonancia con la libertad-igualdad[2] ciudadana abrirá una aventura intelectual que nos permitirá repensar esos espacios de tiempo donde las colectividades renegocian las manera de reajustar sus propios tiempos a los ritmos de la dominación; donde hombres y mujeres pueden reorganizar sus tiempos, sus espacios y sus quehaceres habituales para elevar un discurso y una práctica que visibilice esa irrupción en la experiencia.

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Arte público y Arte de público

Arte público es una estrategia arquitectónica sin paredes en beneficio del público, pero sin él. Es decir, sin que él necesariamente participe en la elección o producción de la obra de arte. No hay que olvidar que los museos son también instituciones con un tiempo y un espacio hegemónico, donde se presenta “[…] la verdad a través de la belleza […]” (Danto: 2008) y, entonces también a la calle van a parar estas verdades de la mano de curadores, críticos de arte, etc. quienes tienen la tarea de “explicarla”[3]. “Arte de público”, en cambio, sería aquel en que el público participa en la decisión del arte con el que va a convivir en la calle; “[…] participar en las decisiones que afectarán estéticamente su vida” (Danto: 2008) así como también aquel donde el público mismo se transforme en artista. Danto y Rancière van a concordar en que el arte, entendido sin esa vieja división de lo sensible o relatos legitimadores establecidos por “expertos”, va a ser todas esas producciones estéticas entendidas como soportes de sentido que inspiraron grandes obras arquitectónicas, escultóricas, pictóricas, muralísticas, etc. y desde donde podemos inferir que el arte –o las producciones estéticas- ha sido concebido como una fuente de conocimiento y de goce.  

Desde los años ’70 esta edificación estuvo al linde de ser destruida: “[…] los intentos de desalojo y remate del inmueble ya eran habituales; luego vinieron los cortes de servicios básicos, la venta de droga y la estigmatización del edificio como un nido de delincuentes […]” (Amarales: 2008). Se ocasionó un deterioro espiritual de este espacio colectivo. Pero en 1989 se instala en el Cerro Cordillera el TAC, Taller de Acción Colectiva, el cual se esmeró en trabajar la integración de las redes sociales y a desarrollar y fomentar la solidaridad y la autogestión en niños, niñas y jóvenes. El trabajo de este taller se debe entender en la línea de una transformación en libertad, pues saber acerca de la inmanente capacidad comprensora de hombres y mujeres[4], desecha la idea de “explicar”, y entonces, fomenta y explota la aventura intelectual de niñas y niños y jóvenes que ansiaban una misma cosa, y donde cada uno podía y debía dirigirse hacia ésta haciendo las cosas por sí mismos, asociadamente, participativamente, deliberada y de manera planificada… 

“[…] tomando decisiones en grupo, en asamblea, cara a cara, dialogando, deliberando, todos a vez. Viejos, maduros, jóvenes y cabros chicos. Ordenadamente. Sin organización rígida. Incluso sin estatutos. Basados en la confianza que surge cuando operamos con sentido de igualdad fraternal y participación abierta, en el consenso de nuestras decisiones, y sobre todo, en la cultura sinérgica y soberana que crece entre nosotros a calor de todas esas prácticas” (Salazar: 2011). 

Estos modos de ser de hombres y mujeres que crean producciones de saber, antes que ser maneras reivindicativas o de respuesta al mercado, son primero una necesidad que se visibiliza irrumpiendo en lo sensible; es el ímpetu de un tejido inédito en el que los individuos se “dan el tiempo” y se “dan al tiempo” como hombres y mujeres libres, aconteciendo allí, desde la verificación de su igualdad y de sus inteligencias -diría Rancière- lo político y lo estético propiamente tal.

En el intervalo del tiempo oficial hay una población con varios problemas de higiene y organización. Viven en una edificación que data de fines del siglo diecinueve y es un edificio de un bloque de tres pisos con un espacio interior que funciona como patio. Viven más de 130 personas. Los problemas iban desde desagües tapados que había que destapar, falta de agua por una deuda millonaria con la empresa Esval – empresa de obras sanitarias de Valparaíso-, hasta miedo, desorganización y venta de drogas. Hubo pérdida de platas una vez que juntaron cerca de dos millones de pesos parar reponer el servicio de agua, y toda la población desconfiaba de todos. En esas circunstancias asumen la directiva “unos cabros”; Pedro Flores, Yasna Amarales y Mauricio Arévalo. Ellos comenzaron el trabajo de mejorar las condiciones de vida de la población, pues “no olvidan que están insertos en un colectivo social […]” (Tricot: 2003), por esto trabajan con distintas organizaciones del cerro Cordillera, como el Taller de Acción Comunitaria y la parroquia, entre otras. De esta manera se van tejiendo pequeñas redes en el cerro Cordillera cuya clave es la organización. “A nivel de cerro, el solo hecho de juntarse y hacer cosas te permite ir avanzando”, agrega Janyo [Mauricio Arévalo]. “Estás haciendo una contribución a tu ciudad y a tu país, lo que salga de aquí va a ser un ejemplo para el resto” (Tricot: 2003).

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Podemos ir intuyendo que no hay necesidad de establecer o de continuar aquella división de lo sensible que establecen abismos entre estética y política, donde cada una hace uso de su espacio y su tiempo. No. Con el trabajo de reconstrucción alegamos una nueva confluencia. Todo puede concurrir de manera libre; la organización de la comunidad en espacios de fiesta (peñas, ferias, etc.), en espacios religiosos (la parroquia) y espacios estéticos (la pintada de los techos como si fueran murales), cada uno siendo un espacio-tiempo capaz de resignificar los espacios y las temporalidades de los individuos, que en los momentos de ocio, celebran, comen, beben y trabajan en la organizan de la mejora de su calidad de vida en todos los ámbitos de la sensibilidad humana.

El proyecto demostró que se puede salvar de la demolición a un edificio en tan malas condiciones y con ello, rehabilitar la vida de la comunidad y su relación con el entorno urbano –dice Raúl Araya, quien pone énfasis en el rescate de la ciudad viva. Hoy, los habitantes de la Población Obrera de la Unión no solamente viven digna y cómodamente,  sino que también son propietarios  de viviendas con un valor plusválico mayor al que alguna vez pudieron soñar.[5]

También el proyectó demostró que no existe tal alienación del sistema capitalista, esa hipótesis catastrofista que ha elevado el marxismo clásico. Es posible, bajo la lógica de la resistencia, el empoderamiento del colectivo que produce maneras de vivir de acuerdo al propio tiempo y espacio, de acuerdo a ese intervalo al que el mercado no llega; de acuerdo a la autonomía.

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El mural en el techo de la población (2011) es una producción inédita si pensamos en cómo se puede ver y quiénes la pueden apreciar. Como primer paso para una interpretación podemos decir que esta obra hecha por el pueblo emancipado (La Población Obrera de la Unión) no está hecha estrictamente para ellos (como sí lo hace el arte público que quiere llevar el museo a los espacios cotidianos con el fin de que el “pueblo ignorante y sin tiempo” que no asiste a estos espacios, pueda ver arte). No. Esta obra se alza como una producción inédita hecha por el pueblo (auto) liberado que hace visible su emancipación irrumpiendo, política y estéticamente, en el espacio entre “los que vuelan” los cielos de Valparaíso y los que miran la población desde los cerros del puerto. Esta obra se alza, entonces, como la visibilización de un proceso emancipatorio que “raya la cancha” al reparto habitual de los cuerpos, los quehaceres y los pensamientos vigentes.

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Notas:

[1] Si bien Danto no define “Arte de público” porque crea que existe o deba existir en alguna parte del mundo, nos parece importante destacar los factores que debe tener un tipo de arte en su ideación y posterior producción para poder definirlo como tal y así poder contrastarlo con lo que se entiende por “arte público”. Sólo en ese sentido, pienso, podremos ir avanzando en la reflexión de un arte en el espacio colectivo.

[2] La igualdad es definida por Rancière como un juego de prácticas que se mueven, desde el inicio, en el reconocimiento de que “somos iguales”, y entonces el motor del juego es la constante verificación de dicho reconocimiento que se presupone. 

[3] “La explicación se presenta como el medio para reducir la situación de desigualdad en la que se hallan los que ignoran en relación a los que saben. Explicar es suponer que hay, en el tema que se enseña, una opacidad específica que resiste a los modos de interpretación y de imitación mediante los cuales el niño aprendió a traducir los signos que recibe del mundo y de los seres hablantes que lo rodean. Esa es la desigualdad específica que la razón pedagógica ordinaria pone en escena” en: “Entrevista a Jacques Rancière: El maestro Ignorante” en Corradini, Luisa, suplemente cultural Adncultura. Disponible en línea en http://clionauta.wordpress.com/2008/05/30/entrevista-a-jacques-ranciere-el-maestro-ignorante/

[4] Las nociones que sostenemos en torno al arte y la política son propicias para pensar un arte popular, un arte callejero, que se construye por sujetos no necesariamente pertenecientes a los círculos académicos, museales o comerciales del arte, y que más bien, responden estas construcciones, a la necesidad inherente del hombre y de la mujer de producir una manera de ser y estar en el mundo.

[5] Entrevista a Raúl Araya, uno de los arquitectos a cargo del Proyecto de rehabilitación de la Población Obrera de la Unión. Disponible en línea en

http://www.ciudaddevalparaiso.cl/inicio/grandes_obras_detalle.php?id_hito=56